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Son las 12:12

Son las 12:12 y te recuerdo. Siento un vacío, te recuerdo. El tiempo pasa, son las 12:13 y sigues en mi recuerdo. La vida se va y te recuerdo. Siempre supe que me escondías algo.

Sobre el suspiro

Si estás pensando en el Suspiro Limeño, estás mal. Hablo del otro suspiro. Mejor dicho, de EL suspiro. Ese breve instante que te relaja y dice tanto. Esa pausa, esa coma, frente a la prosa continua. Esa isla perdida en medio del océano.

Suspiro bastante. Día tras día. Será porque me arrepiento. Será porque me canso. Será porque siento impotencia. Suspiro y una abeja deposita polen en mi cabeza.

Ayy ahh! (…) el suspiro (¿Cómo no iba a suspirar ahora?) Aquí comienza una historia, una de suspiros.

El día de mi muerte

Estoy en un bar, de chaqueta. Me siento mayor, pero no sé que edad tengo. De fondo suena música, algo pausada, algo lenta. Es música, música de fondo.

El bar es moderno y deja la sensación de que el dueño invirtió en un buen arquitecto. Yo estoy sentado en un taburete al lado del bar. Al fondo, la música, pero también el salón que tiene varias mesas, aunque pocas personas en ellas.

Como dije el bar es moderno. El salón tiene unos grandes ventanales que dan una amplía mirada al mar. Al fondo, la música, pero también las luces de algunas pequeñas embarcaciones, que titilan la danza mientras el Sol se esconde.

El bar es completamente de madera. Unas grandes bigas cruzan su techo. El techo es curioso, pero no sé bien por qué. Lo único que sé es que suena música, las luces titilan y el Sol se esconde.

Es un bello atardecer. Otro más en esta bahía. Al fondo, la música y las voces de algunas personas que interrumpen mi somnolencia.

Ahí estoy, solo. Una pena, aunque no sé cómo llegué allí. Al fondo, la música, pero también el mar y la brisa que, al cerrar los ojos, siento como aquél día en que estuve más vivo que nunca.